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| Ilustración de Cecilia Romero |
Las
arrugas del rostro
no son
heridas
de
batallas perdidas,
ni de
historias aplazadas
de
agotamientos y hastíos.
No son
dolores sin cura
más allá
del traspiés
tras las
esquinas
de las
humanas rutas
del
desvarío.
No, no
lo son, no tienen por qué.
Son, si
acaso, arrugas del agua
que cae
(y se llevan
a otras
tierras),
de ese
sol que señala
la
tierra seca manchega,
y, tal
vez, del frío
de
muchos inviernos
que,
inexorable,
huella
tras huella agrega.
El
tiempo sucede,
avanza y
no duele
aunque
deje su rastro.
No es
malo
si
mientras fuiste envejeciendo
hiciste
algo…
no es
malo…

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