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| Ilustración de Cecilia Romero |
Haz
fotos amigo
del
valle y la muralla,
de la
mar, el camino
y de
nuestras alegres caras,
y guarda
la imagen
perfecta,
ideal
para
medir después
esa
decepción de no ver
en la
pantalla
el
recuerdo tan soñado
No es lo
mismo, nunca lo es,
ni el
río, ni esa montaña
ni
nuestras sonrisas
en ese
juego divertido
que nos
acompaña.
La
emoción se escapa saltando
en el
mismo instante
que
pulsas el remiso
botón de
la eternidad,
y no
ayuda la imagen
para
recordar el momento
en el
instante preciso
que
pudimos, tal vez, disfrutar.
Otra vez
el tiempo y el espacio
necesitan
asumir su comunión azárica
para que
sintamos de verdad
el
momento precioso,
el
lenguaje atónito
de
nuestros sentidos,
la
alegría infinita y mágica
ante lo
bello,
la
locura del instante perfecto
ahora en
cuatro líneas comprimido.
La
elección del ángulo,
la
exposición, la luz,
el
contraste buscado y audaz
no harán
que dentro de un tiempo
yo
sostenga mi espíritu
con
parecida sensación vital
que
cuando el momento fotografiado
existió,
se hizo visible.
Porque
no lo puedes mejorar,
ni siquiera
igualar,
no
puedes, es imposible.
Mejor
apunta tu objetivo
para
descubrir secretos
de
rostros escondidos
tras las
barricadas de lo cotidiano.
Enséñame
al feliz sin decirme por qué,
al
triste sin contarme su tristeza,
al
victorioso con sus dedos en uve
sin que
me importe lo que en su placa reza.
Enséñame
la imagen última
del
hombre, de la mujer,
de su
sonrisa, de su mirada,
de
cualquier hombre, de cualquier mujer
sin que
ello suponga
un
devaluado recuerdo de nada.
Enséñame
ese horizonte
cuya
existencia ignoro,
ese
cielo entero o roto,
en un
instante preciso,
inalcanzable,
que nunca conoceré
salvo en
tu foto.
Pero no
me enseñes mis pasos
ni los
tuyos ni los de nadie,
no
necesito fijar mis ojos,
en la
nostalgia mía o de otros.
Enséñame
en tus obras
la vida que no conozco

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